Un error de la justicia

Un memorándum hallado en el cesto de basura de un agregado militar alemán en París reveló que un oficial francés vendía secretos a un enemigo potencial. El arresto, juicio y destierro del capitán Alfred Dreyfus dividió profundamente a Francia durante años.
Los soldados se alinean en el patio del Colegio Militar de París. Un prisionero es llevado ante un general a caballo. Afuera, unas 20.000 personas aúllan: «!Muera el traidor! !Muera el judío!» Exactamente a las nueve de la mañana del sábado 5 de enero de 1895 se lee la sentencia y el general profiere: «Alfred Dreyfus, no eres digno de llevar las armas. En nombre del pueblo francés, se te degrada.» «Soldados, degradan a un hombre inocente. Soldados, deshonran a un hombre inocente», gime el prisionero. «!Vive la France, vive l’armée!» Un encumbrado sargento de la Guardia Republicana pasa al frente, se inclina hacia el oficial convicto y arranca de su gorra y mangas las insignias de su rango. También le arranca los botones y las franjas de sus pantalones. Finalmente, desenvaina la espada de la funda del oficial y la rompe contra su rodilla. Luego de ser exhibido ante los soldados, el desdichado hombre es llevado a una prisión civil en una vagoneta policial, como delincuente común. En el camino pasa junto a la casa donde gozó de tantos años felices con su esposa e hijos. Ese mismo día, el ex capitán de 35 años escribe a su amada Lucie: «Oh, querida, haz todo lo que puedas para hallar al culpable; no descanses en tus esfuerzos ni un solo instante… Hay un traidor, pero no soy yo.» Dos semanas después, Dreyfus, con cadenas, es llevado por tren al puerto de La Rochelle, donde le espera un barco que lo llevará a la Isla del Diablo, en la Guayana Francesa, en la costa noreste de Sudamérica. Para muchos prisioneros, la famosa colonia penal era una sentencia de muerte.

«!Yo acuso…!» es el título que dio Emilio Zola a su carta abierta dirigida en enero de 1898 al presidente de Francia; desafió la injusticia cometida en el juicio de Dreyfus
«Ese sinvergiienza D»
El juicio, sentencia, degradación y exilio a la Isla del Diablo de Alfred Dreyfus fue el clímax de un caso de espionaje que conmocionó a Francia a fines de 1894. Pero sólo fue el principio de lo que posteriormente se conocería como el caso Dreyfus, un escandalizante error de justicia que preocupó, dividió enconadamente y prácticamente inmovilizó en la polémica al gobierno de Francia durante los siguientes 12 años. El ejército francés, que aún sufría por la humillante derrota en la guerra francoprusiana de 1870-1871, tenía vigilada con su servicio de contrainteligencia a la embajada alemana en París, en especial al agregado militar, teniente coronel Maximilien von Schwartzkoppen. Por medio de papeles extraídos por la encargada de limpieza de la embajada, los franceses supieron que Schwartzkoppen recibía planos de fortificaciones de un agente cuyo nombre clave era Jacques Dubois, o «ese sinvergüenza D», como lo apodaba el oficial alemán. La identidad del traidor eludió al jefe de contrainteligencia, coronel Jean-Conrad Sandherr, y a su segundo, mayor Hubert Joseph Henry, hasta que hicieron un aparente avance el 17 de septiembre de í894. En esa fecha el mayor Henry recibió un bordereau, o memorándum explicatorio, manuscrito en papel cebolla, que clasificaba la información militar puesta en venta. La lista incluía detalles del nuevo cañón de 120 mm que, según Henry, sólo podrían ser proporcionados por un oficial de artillería en el Estado Mayor. Revisando las nóminas, Henry halló el nombre Alfred Dreyfus. Luego se descubrió que la letra manuscrita de Dreyfus se asemejaba superficialmente a la del bordereau. Henry convenció rápidamente a sus colegas de que Dreyfus era «ese sinvergüenza D». Lo que nadie dijo abiertamente era que, por ser judío, Dreyfus era un chivo expiatorio conveniente. Para los elitistas oficiales franceses, los judíos eran un elemento extranjero. Nacido en Alsacia, se pensaba que Dreyfus era proalemán, a pesar de que su familia había salido de la disputada provincia al ser ocupada por Alemania en la guerra ocurrida veinte años antes.

Luego de ser culpado de traición, el capitán Dreyfus fue humillado públicamente en una ceremonia de la academia militar de París. Mientras el general Darras (recuadro) miraba desde su caballo, un sargento arrancó las insignas del uniforme del convicto y rompió sobre su rodilla la espada del oficial caído en desgracia.

Acusación, juicio, sentencia
En la mañana del sábado 13 de octubre, el capitán Dreyfus recibió un extraño citatorio. El lunes en la mañana debía presentarse ante el comandante en jefe, con ropa civil. Al hacerlo, se vio frente a dos oficiales y dos policías; no supo que el mayor Henry estaba oculto tras unas cortinas. Se pidió al perplejo capitán que escribiera una solicitud de devolución de «documentos que envié a ustedes antes de salir a maniobras». Comenzó a escribir y luego se detuvo, al darse cuenta de la intriga, temblando. ¿Qué significaba esto? La charada terminó. Uno de los oficiales rugió: «!Dreyfus! !En nombre de la ley queda arrestado! Se le acusa del delito de alta traición.» Dreyfus exigió saber cuál era la evidencia. Se le dijo que la evidencia «era abrumadora». Protestando, afirmando que era inocente y que era víctima de «un asombroso plan» urdido en contra suya; Dreyfus fue llevado a prisión. No fue sino hasta el 10 de noviembre que el arresto fue confirmado por la prensa de París. «Alta traición. Arresto del oficial judío Alfred Dreyfus», vociferó un tabloide antisemita. Otro diario pidió un juicio público, pues hacerlo en privado sólo «prolongaría el escándalo». Mas cuando Dreyfus compareció ante los siete jueces de una corte marcial iniciada el 19 de diciembre, se ocultó al público la primera mención de la defensa sobre la que era en realidad «la única evidencia», el bordereau. De los cinco expertos a quienes se pidió examinar el documento, dos dijeron que Dreyfus no pudo haberlo escrito. Tres dijeron que sí, uno de los cuales, Alphonse Bertillon, refutó su propio testimonio de que lo escrito por Dreyfus el 15 de octubre en la oficina del comandante en jefe difería del bordereau. Bertillon propuso, grandilocuente, que Dreyfus alteró su letra en esa ocasión: !Las frases escritas ante cuatro testigos eran falsificaciones! El mayor Henry atestiguó que desde algún tiempo sabía de un espía alemán en el Estado Mayor. «!Y el traidor está aquí!», dijo, señalando hacia el sitio en el cual se encontraba, lleno de impotencia, Dreyfus. Cuando se le pidió demostrar su acusación, Henry respondió, gélido: «Hay secretos que un oficial no comparte ni con su sombrero.» Los jueces se impresionaron. Tras cuatro días de testimonios vagos de los testigos del fiscal y una aparición sin convicción del defensor, los jueces deliberaron. Entonces llegó un mensajero del Ministerio de Guerra. Esperando recibir nueva evidencia, los jueces leyeron en lugar de esto una virtual orden del ministro, de inculpar a Dreyfus. Por la tarde, los oficiales votaron unánimamente a favor de hallar culpable al acusado y sentenciarlo con toda frialdad por alta traición.

En la pista del verdadero culpable
En el verano de 1895, varios meses después de que Dreyfus fue enviado a la Isla del Diablo, el teniente coronel Marie-Georges Picquart sucedió a Sandherr como jefe de contrainteligencia. Como los militares notaron lo insustancial del caso contra Dreyfus, se ordenó a Picquart interceptar la correspondencia del preso y, además, seguir vigilando la basura que seguía sacando la empleada de la embajada alemana. En marzo de 1896 recibió de ella trozos de petit blue, una carta especial, de fino papel azul, que se utilizaba para el correo local parisino. La carta, al parecer rota y tirada al cesto de basura sin haber sido enviada, estaba dirigida al mayor Marie-Charles-Ferdinand Walsin-Esterhazy, a quien se pedía «una explicación más detallada de la que me dio el otro día acerca de la cuestión en suspenso» Esterhazy era el hijo de un general francés, de una rama ilegítima de los inmensamente ricos Esterhazy de Hungría. Aunque estaba casado con una mujer pudiente, parecía que Esterhazy nunca tenía suficiente dinero para mantener su libertinaje en París. Intuyendo que estaba sobre la pista de otro espía, Picquart hizo vigilar a Esterhazy; en dos ocasiones se le vio visitando la embajada alemana. En agosto, el jefe de contrainteligencia obtuvo dos de las cartas de Esterhazy. La caligrafía era idéntica a la del bordereau, única evidencia que había sido injustamente utilizada para acusar al capitán Dreyfus. Cuando Picquart quiso probar que el traidor era Esterhazy, y no Dreyfus, uno de sus superiores le aconsejó no reabrir el caso. «¿Cuál es para ti la diferencia si ese judío se queda en la Isla del Diablo?», se le preguntó. «No me llevaré ese secreto a la tumba», replicó Picquart. Sabiendo que su jefe podía demostrar la inocencia de Dreyfus, el mayor Henry falsificó nuevas evidencias para incriminar al preso.

«!YO acuso!»
Inevitablemente, se filtró a la prensa lo relacionado con las nuevas evidencias del caso Dreyfus. Además, en los círculos militares y gubernamentales se sospechaba de otro culpable. Temiendo que su intento de implicar a Esterhazy pudiera ser impedido por el Estado Mayor, Picquart reveló sus hallazgos a su abogado y lo autorizó a transmitir la información al gobierno. El abogado dijo a un senador simpatizante que podía probarse que el bordereau había sido escrito por Esterhazy y no por Dreyfus; el senador informó de esto a Mathieu, hermano de Alfred. El 15 de noviembre de 1897, Mathieu Dreyfus acusó formalmente a Esterhazy de la traición por la que se condenó a su hermano. Tomó la precaución de enviar a un diario parisino una copia de la carta que dirigió al Ministerio de Guerra. Decidido a fingir, Esterhazy exigió una corte marcial. Los militares resolvieron proseguir el juego sucio, tomaron partido por él y un consejo judicial lo absolvió apresuradamente. Según el novelista Emilio Zola, el veredicto fue «un golpe mortal a toda verdad, a toda justicia». El 13 de enero de 1898, Zola envió una carta abierta al presidente de la república, Félix Faure. Titulada «I’Accuse…!» («Yo acuso»), se publicó en la primera plana de L’Aurore, diario liberal editado por Georges Clemenceau, futuro primer ministro. En su carta Zola acusó y nombró a siete altos oficiales y tres expertos en caligrafía por fabricar la evidencia contra Dreyfus y haber conspirado para encubrir sus culpas conforme se sabían los hechos del caso. Tal y como lo esperaba Zola, la sensacional acusación hizo que se juzgara al novelista por difamación. Luego de turbulentas sesiones donde se reveló la duplicidad del ejército, Zola fue inculpado, multado con 3.000 francos y sentenciado a un año de prisión. Mientras esperaba un segundo juicio por apelación, Zola huyó a Inglaterra buscando dar tiempo a los hechos, donde permaneció hasta junio de 1899.

Recién condecorado como caballero de la Legión de honor, el mayor Dreyfus conversa con otros oficiales del Colegio Militar de París, luego de su rehabilitación en 1906

Se reabre el caso
El juicio y sentencia de Zola dividió al país en dos bandos: los defensores del ejército y los que creían en la inocencia de Dreyfus. Por haber expuesto la conspiración, Picquart fue expulsado del ejército, aunque se le readmitió después. El 30 de agosto de 1898, Henry fue interrogado y confesó sus falsificaciones; se le puso bajo arresto. Al día siguiente se le halló muerto en su celda: se degolló con su propia navaja de afeitar. Esterhazy huyó a Londres, donde admitió su culpa; vivió exiliado hasta su muerte, 25 años después. En junio de 1899 se anuló el veredicto de la corte marcial de Dreyfus y se reinició el juicio. Avejentado por cinco años de cautiverio, el ex capitán fue traído a Francia para confrontar a sus acusadores. Pero su esperanza de ser reivindicado fue cruelmente aplastada el 9 de noviembre por una decisión dividida de la corte marcial. Culpado de traición, pero con atenuantes, Dreyfus fue sentenciado nuevamente de manera necia y absurda a 10 años de detención. Zola consideró que el veredicto era «ignorancia, locura, crueldad, falsedad, crimen». Predijo que las generaciones futuras se indignarían, añadiendo que «Jesús fue condenado una sola vez» Considerando la mala salud del preso, el ministro de Guerra indultó a Dreyfus 10 días después. Explicó que el acto de clemencia era para «borrar toda huella de conflictos dolorosos». Reticente, Dreyfus aceptó el indulto, jurando lograr la reivindicación. «Mi corazón no descansará hasta que no haya un solo francés que me culpe del crimen que cometió otro.» Luego de siete años de esfuerzos, los partidarios de Dreyfus consiguieron anular el veredicto de la segunda corte marcial el 12 de julio de 1906. Dreyfus fue readmitido al ejército y promovido al rango de mayor. El 20 de julio fue rehabilitado oficialmente en una ceremonia en el Colegio Militar y se le nombró caballero de la Legión de Honor. «iViva Dreyfus!», decían los vítores. «No» replicó el ahora mayor después de más de diez años de injusticia: «!Viva la verdad!»
La colonia penal de la Isla del Diablo fu abolida en 1938. Actualmente, las celdas están cubiertas por la vegetación de la jungla.

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