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El Arte de Escribir
 
 

Sobre la disposición en general

Hay personas que parecen haber nacido ya con el talento necesario para escribir; si se aplican con voluntad y constancia en el trabajo, se las ve progresar rápidamente en este arte.
Hay otras en cambio en las que no se observa ninguna disposición innata y no alcanzan a suplir lo que la naturaleza no les dio sino después de un prolongado ejercicio y de mucha práctica. A estas últimas les es necesario mucho más tiempo que a las primeras para alcanzar un mismo grado de perfección, pero ¿no quedan acaso recompensadas por el provecho que han conseguido?Sobre los trazos gruesos, los trazos finos y las ligaduras entre letras Para conocer los efectos que pueden conseguirse con la pluma, hay que empezar por distinguir entre trazos gruesos, trazos finos y ligaduras. Se llama trazo fino al más delgado que puede hacerse con la pluma. Se llama ligaduras a todos los trazos finos que unen todas las letras entre sí. Es fácil de ver que el trazo fino y la ligadura no son la misma cosa; los maestros de la caligrafía los distinguen diciendo que el trazo fino pertenece a la letra mientras que la ligadura sirve para comenzarla, acabarla o unirla con otra. Las ligaduras, en la escritura, no deben ser descuidadas: ellas son al arte lo que el alma es al cuerpo. Sin las ligaduras, la escritura carecería de movimiento y estaría desprovista de candor y vivacidad. Todas las ligaduras y algunos trazos finos son producidos por la acción del pulgar sobre la pluma. Como el lado de la pluma sobre el que actúa el pulgar trabaja más que ningún otro, cuando se talla la pluma se procura también que quede más largo y ancho que el resto.
Por norma, todas las ligaduras son curvas y están dotadas de una gracia especial de la que carece la línea diagonal. Las hay de muchos tipos, de trazo redondo a trazo recto a redondo, de redondo a redondo o de recto a recto, de abajo hacia arriba, y de muchas otras que cualquiera puede encontrar en los textos caligrafiados y en aquellos alfabetos que registran las ligaduras.

Sobre el movimiento que la mano debe mantener al escribir La velocidad en la escritura es cosa de práctica y de tiempo. Cuando la mano escribe, no debe precipitarse ni tampoco proceder con lentitud, ambos defectos son igualmente perniciosos. La precipitación da lugar a una escritura desigual, carente de norma; la extrema lentitud le impone un carácter de pesado; vacilante y a veces tembloroso. Es preciso encontrar el punto medio entre dos extremos. Cuando la mano, familiarizada ya con las normas que debe cumplir, ha llegado a adquirir un grado de perfección suficiente, puede ir aumentando paulatinamente la velocidad de sus movimientos hasta conseguir esa gran soltura que se les exige a los profesionales de la caligrafía. Sobre la forma La belleza de la caligrafía exige el perfecto conocimiento de las normas que la regulan y el trabajo continuado. Para alcanzar la meta es preciso el trazado de caracteres de gran tamaño y el perfecto conocimiento de las angulaciones que la pluma debe adoptar en cada momento. El calígrafo debe llegar a incorporar los movimientos de la mano hasta tal punto que pueda realizarlos de inmediato y sin pensar, cualesquiera que éstos sean. En lo que a la forma se refiere, debo decir aún que antes de pasar a la escritura expeditiva el calígrafo debe lograr plena seguridad en sus trazos, pues si éstos son aún imprecisos el defecto irá en aumento al tener que asumir la tarea de escribir con celeridad.
.Sobre el “toque” de pluma Es preciso distinguir dos modos de “toque”: el que procede de la naturaleza y el que procede del arte. Sólo el primero sabe imprimir en aquello que traza un encanto especial, una delicadeza que se extiende por todo el conjunto de la obra, un toque de gracia que alcanza tanto a los elementos más destacables como a los más humildes.
Se puede ser un hábil maestro y no poseer este tesoro; la naturaleza no ha otorgado sus dones a todos los hombres por igual. El segundo puede adquirirse con la práctica, aprendiendo a dejar suelta la mano, a tallar la pluma, a apretar y aflojar
los dedos según convenga, pero nunca alcanzará la elegancia que caracteriza al primero.
En cualquier caso, lo que siempre ha de intentar conseguirse como norma general es flexibilidad y elasticidad, huyendo por tanto de esa apariencia de firmeza y pesadez que presentan los caracteres grabados. Sobre el orden de la escritura Saber escribir de acuerdo con las reglas pero sin estar dominado por el espíritu del orden sólo es poseer una parte del arte. Hace falta también, como he podido constatarlo en muchas ocasiones, no carecer de inventiva y gusto. Con inventiva se embellece la obra y se consigue dotarla de los elementos necesarios para que cause efecto. Con gusto se la examina y arregla para conseguir retener la mirada más allá de la fascinación del efecto. Todo el orden que debe reinar en la escritura queda encerrado en estas dos palabras. Quien posea estos dos talentos es seguro que recibirá muchos más encargos que el que carezca de algunos de ellos. Su obra, correcta en la distancia entre palabras y entre líneas, será seguida y, en conjunto, sostenida a lo largo del tiempo; se la estudiará para conocer y aprehender su repertorio de caracteres y se la apartará del común de las obras que no ofrecen a los ojos otra cosa que objetos irregulares y deformes.

 


Paillasson,
l”Art d’écrire,
Libraires Associes, 1957

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